En esta despejada tarde de verano, mi gatita más longeva: Cokito, de color negro y blanco, me observa
hipnótica entornando los ojos, pues no entiende mi presencia en la azotea con ella.
Luego, cuando me siento, vuelve a bajar la cabeza para seguir con su siesta de las
6:30 pm; yace acostada sobre el domo de la cochera, con las patas estiradas. De
vez en vez, con cada distracción del ambiente, vuelve a levantar la cabeza y
entornar sus penetrantes ojos amarillos hacia mí, o hacia el sonido que interrumpa
su sueño, luego, vuelve a estirarse y a dormitar.
Frente a ella, también reposa Cristina,
mi otra gatita; de ojos azules y suave pelaje de tonalidades beiges y pardas.
Nota que la observo y se acerca a mí, se estira y me clava sus filosas uñas en
el short de mezclilla, intenta subir a mi regazo pero no la dejo. Un tanto
ofendida, salta a un tambo de agua para engullir las últimas croquetas de su
plato. Se limpia el hocico y regresa al lugar frente a Cokito, para acicalarse la cara y el pecho con ayuda de su espinada
lengüita y su pata izquierda; entonces contemplo una de las escenas más
adorables del comportamiento felino. Luego, vuelve a echarse en una postura que
mi hermano denomina “empollar”, pues simula una gallina echada en su nido. Así
permanecen ambas gatitas en medio de la tranquilidad de esta tarde, con los
ojos entre cerrados y las orejas alertas; escuchando, dormitando y disfrutando
plenamente por el simple hecho de ser y estar en este pasajero instante de una
tarde de verano.

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