Un ave color negro surca el cielo nublado de este sábado tan gris, con esas grandes y esponjosas nubes que se desplazan lentamente; una sobre otra, entre empujones, mientras una parvada de otro tipo de aves vuelve a cruzar la bóveda celeste. Observo y escucho a esas aves y a las que moran en los árboles frente a mi casa, parlotean mucho entre sí, no entiendo lo que dicen, pero envidio su capacidad de volar y flotar en el aire. Allá van, tan alto como quieren, buscando refugio, cazando o explorando, nada ni nadie las detiene, no importa si el día está despejado o nublado, sólo van a su destino.
Este cielo me conoce bien, hoy estamos en sintonía: triste, abrumados,
fríos, siniestros, nostálgicos, sin ilusión ni esperanza. No encontramos
destino, por eso permanecemos estáticos. Comienza la lluvia tranquila, poco a
poco va reciando, con esas gotas de vida que en este momento son más bien,
lágrimas de desahogo. De pronto el diluvio se detiene, el ambiente se siente
más frío, el viento toma fuerza y el sol aparece, lanza su potente luz por unos
instantes y se vuelve a apagar, luego se oculta de nuevo detrás de esas nubes
apagadas que siguen cargadas de secretos, temores y arrepentimientos; no pueden
avanzar, sólo me miran desde arriba, esperando suplicantes, que el día termine
y la noche se lleve sus eternos desencantos.

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