viernes, 14 de junio de 2024

 

Tarde cultural


Es viernes por la tarde, faltando diez para las 5 pm, me encamino a la presentación de un libro de crónicas y otro a las 7 pm de obras de teatro, que tendrán lugar en la Cineteca Rosalio Solano. No conozco ni he oído hablar de los autores, pero voy por tres motivos: me regalarán los libros, podré seguir conociendo la obra de escritores queretanos y lo no menos importante: darán snacks y bebidas gratis.

Llego 5:10 pm al recinto, la conferencia ya empezó. Los presentadores dan sus primeras observaciones e inmediatamente el autor toma palabra y proyector para mostrarnos-presumirnos decenas de fotos, producto de sus viajes académicos por el mundo, patrocinados por la UAM. El renombrado doctor muestra un recorrido cultural por las mejores librerías y centros culturales que ha visitado, lo cual me resulta interesante, pero al mismo tiempo un tanto pedante, pues hace un sutil alarde de la vida privilegiada que ha tenido desde la generación de su padre, quién también fue un académico que viajaba por el mundo. Con el paso de las fotografías nos muestra la burbuja de su vida: conferencias en las mejores universidades del mundo como Harvard, Pensilvania o Princeton; sus hijos en escuelas con compañeros de raza negra, estancias en Francia, España y de vez en cuando algo menor como Colombia.

Cuando concluye, los presentadores leen algunos fragmentos de sus crónicas y hay lugar para un par de preguntas, una de ellas cuestionándolo sobre las librerías de segunda mano; las cuales no solo no contesta, sino que evade con nuevas presunciones de otros libros en los que participó. Termina unos minutos desfasada y yo salto por mi libro de regalo, a la salida reconozco a uno los cronistas queretanos del momento que ví en una entrevista durante la semana. Siento que vi a alguien famoso, pero actúo como si no lo conociera, igual no sabe que soy su admiradora.

Al llegar a la fila de los libros, veo que delante de mí se forman unos señores que se abalanzan por las galletas y los jugos. Me sirvo un poco de café y tomo un par de galletas, decepcionada porque esta vez no hay canapés. Cuando me toca recibir el libro, la chica que anota nuestros datos me reconoce y dice que estuvo pensando en mi nombre toda la semana, lo cual me sorprende bastante. Sonrío, le agradezco y regreso al Jardín Zenea.

Cuando llego, una escena conocida me atrapa al instante: el tradicional bailongo público de viernes y sábado. Esta vez empieza más temprano desde la última vez que lo ví, pues hace dos años daba inicio a las 7 pm. Me acerco, la gente ya empieza a aglomerarse cerca del kiosco, alrededor de los primeros bailarines de la tarde. Algunos aguardan mientras se dan valor para bailar; otros asisten con sus respectivas parejas, con plena seguridad y listos para entrar a la pista; unos pasan aleatoriamente por allí y sin querer, se quedan viendo el espectáculo; mientras que los raros como yo, solo venimos a ver bailar a otras parejas.

Apenas arranca la música, llega un señor muy sonriente en bicicleta, usa una gorra blanca, playera color mamey y lleva una mochila muy pesada. Estaciona la bici y se pone a buscar pareja de baile, yo me quito de la primera fila para perderme entre los de atrás. Unas chicas lo rechazan, pero él no se rinde, pronto consigue su primera pareja: una señora bajita y coqueta con gran ritmo. La canción termina, todo queda en silencio, al parecer los chicos del sonido están calentando el ambiente. Sigo observando al señor sonriente y en la siguiente melodía cambia de pareja, ahora es una chica de blusa roja, joven y delgada. Algo tiene la música, el baile, la chica o todo junto, que el señor no puede dejar de sonreír.

Mientras llega más gente, observo que desde hace dos años hay asistentes recurrentes, pues identifico claramente a una pareja de adultos mayores: el que debe ser el esposo, es un señor de sombrerito blanco, guayabera y tenis blancos, que baila con una señora bajita y regordeta.

- ¡Les recomiendo que se queden hasta las 10, esto se pondrá muy bueno, se va a llenar de gente! - dice el ambientador al ritmo de la música,  

Un niño pasa entre los bailarine, en patines con luces de colores. En eso, unos padres que traen una carreola doble con sus bebés en sus respectivos asientos, se animan a bailar, aunque dejen solos a los dos niños. No pueden resistirse, el ritmo y la alegría se contagian.

- ¡Ésta está sabrosa, miren qué tal, el que no baila es porque no quiere! - nos grita el dg de barrio, ahora que empieza a dejar caer las cumbias.

Comienza el rolón, cuando un chico delgado, que usa lentes redondos se aproxima emocionado a la chica que está delante de mí para pedirle que baile con él, yo vuelvo a retroceder para no estar a la vista, en caso de que la chica se niegue. Así pasa y el joven le pregunta a la de al lado, quién tampoco quiere bailar, un tanto decepcionado atraviesa la pista para seguir observando el bailongo desde el lado opuesto.

Mientras tanto, el señor sonriente de playera color mamey, mira extasiado a la multitud durante dos rolitas en las que no consiguió pareja. Pero en la siguiente pieza, se pone abusado y saca a bailar a otra señora mayor, de cuerpo redondo enfundada en un ajustado vestido negro. Para entonces, el chico de lentes redondos ya consiguió con quién bailar, otra chica de cuerpo redondo.


Entonces dan las 7 pm y regreso a la Cineteca Rosario Solano. Esta vez, la pantalla no aparece y ahora el escenario es ocupado por una mampara de la editorial queretana con las portadas de las recientes publicaciones. Al frente 6 sillas negras colocadas simétricamente: 3 a la derecha y 3 a la izquierda. Más adelante, sentados sobre la tarima, discuten y ríen entre si jóvenes y algunos adultos mayores con aspecto de profesores, casi todos usan lentes. Poco a poco va llegando más conocidos, plácidamente se saludan entre ellos, aunque ya llevan 20 minutos de retraso. Comienzo a molestarme por perderme el bailongo en Jardín Zenea por una presentación que no comienza. ¿Dónde está la formalidad? Los que parecen profesores por fin comienzan a sentarse en las sillas negras y a las 7:25, la maestra de ceremonias empieza a presentar al ilustre panel, entre ellos la autora y la secretaria de cultura. Luego, cada uno de los presentadores lee su parte del prólogo elaborado, prosigue la autora con agradecimientos a todos los presentes y finalmente la lectura en voz alta de algunas secciones de sus obras, con música de fondo.

Aunque esta presentación es más extensa, resulta menos pretenciosa y más amena. Termina a las 8:40 pm y de nuevo salto de la butaca para ganar el primer lugar en la fila. De nuevo unos señores mayores me aventajan a formarse y en la toma de los alimentos, esta vez sí hay canapés, además de vino.

Cumplida mi misión en este recinto, salgo volando al Jardín Zenea. Aún alcanzo a ver algo del bailongo, cuya pista está mucho más nutrida. Me sorprende que algunos de los bailarines que abrieron la tarde, aún siguen ahí, pero con otras parejas, como la chica de blusa roja que bailó con el señor sonriente. Compro un globo de helio envuelto en luces, para obsequiar el día del padre. Vuelvo a la multitud que me atrapa con su escena nocturna y de nuevo atestiguo como al comenzar una cumbia, dos chicos piden bailar al mismo tiempo, a una muchacha desconocida, quién se sorprende, se ríe y se niega entre risas. Se repite la decepción para ellos. Yo regreso a mi cuarto y sintiéndome en el estado más feliz de mi velada, el recién adquirido globo de $100 para el día del padre, revienta por la fricción del viento con mis llaves sobre el elástico. Mi sonrisa se desinfla con el globo, dando paso a mi acostumbrado abatimiento.




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