Tarde cultural
Es viernes por la
tarde, faltando diez para las 5 pm, me encamino a la presentación de un libro
de crónicas y otro a las 7 pm de obras de teatro, que tendrán lugar en la Cineteca
Rosalio Solano. No conozco ni he oído hablar de los autores, pero voy por tres
motivos: me regalarán los libros, podré seguir conociendo la obra de escritores queretanos y lo no menos importante: darán snacks y bebidas gratis.
Llego 5:10 pm al
recinto, la conferencia ya empezó. Los presentadores dan sus primeras
observaciones e inmediatamente el autor toma palabra y proyector para
mostrarnos-presumirnos decenas de fotos, producto de sus viajes académicos por
el mundo, patrocinados por la UAM. El renombrado doctor muestra un recorrido
cultural por las mejores librerías y centros culturales que ha visitado, lo
cual me resulta interesante, pero al mismo tiempo un tanto pedante, pues hace
un sutil alarde de la vida privilegiada que ha tenido desde la generación de su
padre, quién también fue un académico que viajaba por el mundo. Con el paso de
las fotografías nos muestra la burbuja de su vida: conferencias en las mejores
universidades del mundo como Harvard, Pensilvania o Princeton; sus hijos en
escuelas con compañeros de raza negra, estancias en Francia, España y de vez en
cuando algo menor como Colombia.
Cuando concluye, los
presentadores leen algunos fragmentos de sus crónicas y hay lugar para un par
de preguntas, una de ellas cuestionándolo sobre las librerías de segunda mano;
las cuales no solo no contesta, sino que evade con nuevas presunciones de otros
libros en los que participó. Termina unos minutos desfasada y yo salto por mi
libro de regalo, a la salida reconozco a uno los cronistas queretanos del
momento que ví en una entrevista durante la semana. Siento que vi a alguien
famoso, pero actúo como si no lo conociera, igual no sabe que soy su admiradora.
Al llegar a la fila
de los libros, veo que delante de mí se forman unos señores que se abalanzan por
las galletas y los jugos. Me sirvo un poco de café y tomo un par de galletas,
decepcionada porque esta vez no hay canapés. Cuando me toca recibir el libro, la
chica que anota nuestros datos me reconoce y dice que estuvo pensando en mi
nombre toda la semana, lo cual me sorprende bastante. Sonrío, le agradezco y
regreso al Jardín Zenea.
Cuando llego, una
escena conocida me atrapa al instante: el tradicional bailongo público de viernes
y sábado. Esta vez empieza más temprano desde la última vez que lo ví, pues
hace dos años daba inicio a las 7 pm. Me acerco, la gente ya empieza a aglomerarse
cerca del kiosco, alrededor de los primeros bailarines de la tarde. Algunos aguardan
mientras se dan valor para bailar; otros asisten con sus respectivas parejas,
con plena seguridad y listos para entrar a la pista; unos pasan aleatoriamente
por allí y sin querer, se quedan viendo el espectáculo; mientras que los raros como
yo, solo venimos a ver bailar a otras parejas.
Apenas arranca la
música, llega un señor muy sonriente en bicicleta, usa una gorra blanca,
playera color mamey y lleva una mochila muy pesada. Estaciona la bici y se pone
a buscar pareja de baile, yo me quito de la primera fila para perderme entre
los de atrás. Unas chicas lo rechazan, pero él no se rinde, pronto consigue su
primera pareja: una señora bajita y coqueta con gran ritmo. La canción termina,
todo queda en silencio, al parecer los chicos del sonido están calentando el
ambiente. Sigo observando al señor sonriente y en la siguiente melodía cambia
de pareja, ahora es una chica de blusa roja, joven y delgada. Algo tiene la
música, el baile, la chica o todo junto, que el señor no puede dejar de
sonreír.
Mientras llega más
gente, observo que desde hace dos años hay asistentes recurrentes, pues
identifico claramente a una pareja de adultos mayores: el que debe ser el
esposo, es un señor de sombrerito blanco, guayabera y tenis blancos, que baila
con una señora bajita y regordeta.
- ¡Les recomiendo
que se queden hasta las 10, esto se pondrá muy bueno, se va a llenar de gente! -
dice el ambientador al ritmo de la música,
Un niño pasa entre
los bailarine, en patines con luces de colores. En eso, unos padres que traen
una carreola doble con sus bebés en sus respectivos asientos, se animan a
bailar, aunque dejen solos a los dos niños. No pueden resistirse, el ritmo y la
alegría se contagian.
- ¡Ésta está
sabrosa, miren qué tal, el que no baila es porque no quiere! - nos grita el dg
de barrio, ahora que empieza a dejar caer las cumbias.
Comienza el rolón,
cuando un chico delgado, que usa lentes redondos se aproxima emocionado a la
chica que está delante de mí para pedirle que baile con él, yo vuelvo a
retroceder para no estar a la vista, en caso de que la chica se niegue. Así
pasa y el joven le pregunta a la de al lado, quién tampoco quiere bailar, un
tanto decepcionado atraviesa la pista para seguir observando el bailongo desde
el lado opuesto.
Mientras tanto, el
señor sonriente de playera color mamey, mira extasiado a la multitud durante
dos rolitas en las que no consiguió pareja. Pero en la siguiente pieza, se pone
abusado y saca a bailar a otra señora mayor, de cuerpo redondo enfundada en un ajustado
vestido negro. Para entonces, el chico de lentes redondos ya consiguió con
quién bailar, otra chica de cuerpo redondo.

Entonces dan las 7
pm y regreso a la Cineteca Rosario Solano. Esta vez, la pantalla no aparece y
ahora el escenario es ocupado por una mampara de la editorial queretana con las
portadas de las recientes publicaciones. Al frente 6 sillas negras colocadas
simétricamente: 3 a la derecha y 3 a la izquierda. Más adelante, sentados sobre
la tarima, discuten y ríen entre si jóvenes y algunos adultos mayores con aspecto
de profesores, casi todos usan lentes. Poco a poco va llegando más conocidos,
plácidamente se saludan entre ellos, aunque ya llevan 20 minutos de retraso.
Comienzo a molestarme por perderme el bailongo en Jardín Zenea por una
presentación que no comienza. ¿Dónde está la formalidad? Los que parecen
profesores por fin comienzan a sentarse en las sillas negras y a las 7:25, la
maestra de ceremonias empieza a presentar al ilustre panel, entre ellos la autora
y la secretaria de cultura. Luego, cada uno de los presentadores lee su parte
del prólogo elaborado, prosigue la autora con agradecimientos a todos los presentes
y finalmente la lectura en voz alta de algunas secciones de sus obras, con
música de fondo.
Aunque esta
presentación es más extensa, resulta menos pretenciosa y más amena. Termina a
las 8:40 pm y de nuevo salto de la butaca para ganar el primer lugar en la
fila. De nuevo unos señores mayores me aventajan a formarse y en la toma de los
alimentos, esta vez sí hay canapés, además de vino.
Cumplida mi misión en
este recinto, salgo volando al Jardín Zenea. Aún alcanzo a ver algo del
bailongo, cuya pista está mucho más nutrida. Me sorprende que algunos de los
bailarines que abrieron la tarde, aún siguen ahí, pero con otras parejas, como
la chica de blusa roja que bailó con el señor sonriente. Compro un globo de
helio envuelto en luces, para obsequiar el día del padre. Vuelvo a la multitud que
me atrapa con su escena nocturna y de nuevo atestiguo como al comenzar una
cumbia, dos chicos piden bailar al mismo tiempo, a una muchacha desconocida, quién
se sorprende, se ríe y se niega entre risas. Se repite la decepción para ellos.
Yo regreso a mi cuarto y sintiéndome en el estado más feliz de mi velada, el
recién adquirido globo de $100 para el día del padre, revienta por la fricción
del viento con mis llaves sobre el elástico. Mi sonrisa se desinfla con el
globo, dando paso a mi acostumbrado abatimiento.