viernes, 28 de junio de 2024

 Retorno a la casa de colores

La ropa recién lavada ondea con fuerza en los tendederos de la azotea, es obra de un cielo nublado que sopla vehemente y nos mira desdeñoso desde arriba. Como de costumbre en esta casa, todo se siente en paz, pues tener un patio central al que confluyen todas las habitaciones del inmueble, aísla los ruidos procedentes de la calle, pero emite fuertes ecos de los surgidos en su interior. Como si cobrara vida, alberga su propio sistema de sonidos.

Una casa habitada por chicas en constante migración y sonidos sútiles: la regadera a media noche, el marcador del microondas para preparar las palomitas diarias de una cinéfila empedernida, la voz rasposa y estridente de la encargada de la casa, los tallados en el cuarto de lavado a la 1 de la madrugada, los maullidos extraviados de un gatito metido a contrabando por una de las inquilinas, el zumbido de la bomba al llenar la cisterna, los inquietos cuchicheos de las más jóvenes en la cocina, la suave caída de la brisa sobre el patio central y el silencio de hielo que cimbra la estancia cuando la última chica se duerme.

Hace mes y medio que volví al lugar de mis anhelos: la casa de colores. Sí, estoy de regreso en el sitio que me debía, donde me refugié para hallar una voz propia y que abandoné por tretas del destino con las que no supe lidiar. Después de más de un año en que guardé las alas en el closet de la vergüenza, el mismo donde escondo mis disfraces del pasado.

Habito este lugar de paso, al que retorno como acto de rebeldía, libertad, añoranza y amor propio, quien de nuevo me resguarda para pensar, descansar y soñar; solo mientras cruzo el sendero hacia mi puerto. Por fin estoy de vuelta en este sitio incógnito, comúnmente alcanzado por los rugidos del tren, que aún tambalean las antiguas paredes de mis remordimientos.



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