Retorno a la casa de colores
La ropa recién
lavada ondea con fuerza en los tendederos de la azotea, es obra de un cielo nublado
que sopla vehemente y nos mira desdeñoso desde arriba. Como de costumbre en
esta casa, todo se siente en paz, pues tener un patio central al que confluyen
todas las habitaciones del inmueble, aísla los ruidos procedentes de la calle, pero
emite fuertes ecos de los surgidos en su interior. Como si cobrara vida, alberga
su propio sistema de sonidos.
Una casa habitada
por chicas en constante migración y sonidos sútiles: la regadera a media noche,
el marcador del microondas para preparar las palomitas diarias de una cinéfila
empedernida, la voz rasposa y estridente de la encargada de la casa, los
tallados en el cuarto de lavado a la 1 de la madrugada, los maullidos extraviados
de un gatito metido a contrabando por una de las inquilinas, el zumbido de la
bomba al llenar la cisterna, los inquietos cuchicheos de las más jóvenes en la
cocina, la suave caída de la brisa sobre el patio central y el silencio de
hielo que cimbra la estancia cuando la última chica se duerme.
Hace mes y medio que
volví al lugar de mis anhelos: la casa de colores. Sí, estoy de regreso en el sitio
que me debía, donde me refugié para hallar una voz propia y que abandoné por
tretas del destino con las que no supe lidiar. Después de más de un año en que
guardé las alas en el closet de la vergüenza, el mismo donde escondo mis
disfraces del pasado.
Habito este lugar de
paso, al que retorno como acto de rebeldía, libertad, añoranza y amor propio, quien
de nuevo me resguarda para pensar, descansar y soñar; solo mientras cruzo el sendero hacia mi puerto. Por fin estoy de vuelta en este sitio incógnito, comúnmente
alcanzado por los rugidos del tren, que aún tambalean las antiguas paredes de mis remordimientos.

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